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Textos escogidos de Heródoto a Braudel
1. Historiografía greco-romana | 2. Historiografía renacentista y barroca
1. El nacimiento de Clío. Historiografía greco-romana
Heródoto (aprox. 495–425 A.C.). "Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento- queden sin realce." Heródoto, Historia, libro I; Proemio. [Edición: Heródoto, Historia, vol.I, Madrid, Gredos, 1977, p. 85.]
Tucídides (aprox. 471–400 A.C.). "He aquí la historia antigua de Grecia tal como he podido reconstruirla, tarea difícil ya que no es posible, sin más, conceder autenticidad indistintamente a cualquier testimonio, porque los hombres aceptan sin fiscalización alguna las tradiciones del pasado, aunque se trata de su propio país. (…) Con todo, el que, de acuerdo con los indicios que he puesto de relieve, juzgue los hechos, más o menos, tal como los he expuesto, no se engañará, sin conceder más crédito al canto de los poetas, que exageran los hechos para embellecerlos, ni a las narraciones de los cronistas, más inclinados a encandilar el oído que a contar la verdad y toman como tema de sus obras unos hechos que no pueden comprobarse con rigor y que, dado el enorme lapso de tiempo transcurrido, han llegado a convertirse en meras leyendas increíbles; piense que mis reconstrucciones se han obtenido apoyándome en las fuentes más seguras, y que ofrecen un grado suficiente de credibilidad tratándose, como se trata, de hechos tan remotos. (…) En cuanto a los discursos pronunciados en cada bando antes de romperse las hostilidades, o ya en el curso de la guerra, resultaba prácticamente imposible reproducir las palabras literales con que se expresaron, bien recurriendo a mis recuerdos personales o a las informaciones que me llegaban de otras personas; en consecuencia, me he limitado a poner, en labios de cada orador, sencillamente los términos en que me parecía que debieron manifestarse en cada caso a tenor de las circunstancias, ajustándose lo más estrictamente posible al sentido general de sus declaraciones. Y en lo que concierne a los avatares del conflicto, me he creído en el deber moral de historiarlos no apoyándome en el testimonio de cualquier informador, o como yo me los imaginaba; mi narración se basa en lo que personalmente he presenciado y en las declaraciones de terceros, minuciosamente controladas por una rigurosa crítica. Investigación laboriosa, porque los testigos oculares de los acontecimientos no coincidían en sus referencias, sino que cada cual hablaba conforme a su partidismo o a su grado de memoria. Por otro lado, acaso la ausencia, en mi obra, de todo elemento legendario, la hará menos sugestiva; en todo caso, me daré por satisfecho con que la juzguen de utilidad todos aquellos que aspiran a formarse una idea de los hechos del pasado y de aquellos que, más o menos semejantes de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, puedan ocurrir en el futuro. Mi obra, en suma, es una adquisición definitiva, no una pieza de circunstancias compuesta para la satisfacción del momento." Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, libro I, 20-22. [Edición: Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Guadarrama, 1976, (selección, traducción, introducción y notas de José Alsina), pp. 42-43.]
Polibio (aprox. 198–117 A.C.). "Si los que han narrado antes que nosotros los hechos históricos, hubieran omitido el elogio de la propia historia, sería necesario quizá inclinar a todos a la elección y estudio de obras tales como esta, porque ninguna educación es más apta para los hombres que el conocimiento de las acciones pasadas. Pero como no algunos, ni incidentalmente, sino todo, por así decirlo, y desde el principio al fin ha procedido de esta manera, diciendo una y otra vez, que la instrucción y ejercicio más seguro en materia de gobierno, es la enseñanza a partir de la historia y que el método más claro y único de aprender a soportar con entereza las vicisitudes de la Fortuna es el recuerdo de las peripecias ajenas es evidente que si a nadie parece conveniente repetir lo que bien y por muchos se ha dicho, mucho menos a nosotros. Porque la novedad de los hechos sobre los que nos proponemos a escribir es suficiente por sí misma para invitar y estimular a todoa persona, tanto joven como anciana, a la lectura de esta obra. ¿Pues qué hombre será tan necio o negligente que no quiere conocer cómo y mediante qué tipo de organización política casi todo el mundo habitado, dominado en cincuenta y tres años no completos, cayó bajo un único imperio, el de los romanos? De tal hazaña no se sabe que haya sucedido antes. Y a su vez, ¿quién habrá tan apasionado por algún otro género de contemplación o enseñanza que lo considere más ventajoso que un conocimiento de este tipo. (…) Nuestra obra comenzará, en cuanto al tiempo, en la olimpiada ciento cuarenta y, en cuanto a los hechos, entre los griegos, por la llamada guerra social que, en alianza con los aqueos, declaró Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, contra los etolios (….). Ciertamente que, en los tiempos anteriores a estos hechos, los acontecimientos del mundo resultaban desligados, porque cada suceso era diferente tanto por la iniciativa como por el resultado así como por el lugar. Pero a partir de este momento, la historia viene a ser un todo orgánico y los acontecimientos de Italia y Libia se entretejen con un único fin. He aquí por lo que hemos elegido el comienzo de nuestra historia a partir de esta época. (…) Lo peculiar de mi obra y lo sorprendente para nuestra época es lo siguiente: que así como la Fortuna ha dirigido casi todos los acontecimientos del universo hacia una sola parte y los ha obligado a inclinar cabeza ante un único y mismo objetivo, del mismo modo es tarea mía, mediante la historia, exponer bajo un solo punto de vista a los lectores el manejo de que la Fortuna se ha valido para la realización de todos sus designios. En realidad, lo que me ha invitado y empujado a la empresa de esta historia, ha sido precisamente eso y, con ello, también, el que ninguno de nuestro tiempo haya emprendido la concatenación de los acontecimientos en su conjunto: en tal caso habría puesto por mi parte mucho menos entusiasmo en mi tarea. Pero como observo que al presente muchos han historiado las guerras particulares y algunos sucesos simultáneos, mientras que nadie, al menos que yo sepa, ni siquiera se ha puesto a examinar la marcha general y conjunta de los acontecimientos, es decir, cuándo y de dónde surgieron, y cómo tuvieron su realización, he creído de absoluta necesidad el no omitir ni consentir que transcurriera en la ignorancia la más bella y útil obra de la Fortuna." Polibio, Historia(s); Libro I, 1-5. [Edición: Polibio, Historias (libro I), 2 vols., Madrid, CSIC, 1972, (ed. bilingüe, revisión y traducción de Alberto Díaz Tejera), pp. 8ss.]
Plutarco (45/50–120/127 A.C.). "Cuando me dediqué en un principio a escribir estas VIDA, tuve en consideración a otros; pero al proseguirlas y espaciarme en ellas he mirado también a mí mismo, procurando con la historia, como con un espejo, adornar y asemejar mi vida a las virtudes de aquellos varones. (…) ¿Qué medio más eficaz que éste podemos elegir para la reforma de las costumbres?" Plutarco, Vidas paralelas, Paula Emilio y Timoleonte. Introducción, I. [Edición: Plutarco, Vidas Paralelas, Barcelona, José Janés, 1945, p. 731.] ***** "Habiéndonos propuesto escribir en este libro la vida de Alejandro y la de César, el que acabó con Pompeyo, por la muchedumbre de hazañas de uno y otro una cosa sola advertimos y rogamos a los lectores, y es que si nos referimos todas, ni aun nos detenemos con demasiada prolijidad en cada una de las más celebradas, sino que cortamos y suprimimos una gran parte, no por esto nos censures y reprendan. Porque no escribimos historias sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirve más para declarar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratarlas semejanzas del rostro y aquella expresión de ojos en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates." Plutarco, Vidas paralelas, Alejando y César. Introducción, I. [Edición: Plutarco, Vidas Paralelas, Barcelona, José Janés, 1945, (trad. del original griego por Antonio Ranz Romanillos; revisión, introducción y notas por Carlos Ibarra [Carles Riba]), p. 731.]
Tito Livio (59 A.C.-17 D.C.). "Ignoro si aprovecharía mucho escribir la historia del pueblo romano desde su origen; y si no lo ignorase, no me atrevería a decirlo, sobre todo cuando considero lo antiguo que son algunos hechos, y lo conocidos, merced a la multitud de escritores que constantemente se renuevan, y que pretenden, o presentarlos con mayor exactitud, o que oscurezcan con las galas del estilo la ruda sencillez de la antigüedad. Pero, sea como quiera, tendré al menos la satisfacción de haber contribuido a perpetuar la memoria de las grandes cosas llevadas a cabo por el pueblo más grande de la tierra; y si mi nombre desaparece entre tantos escritores, me consolarán el brillo y la fama de los que me oscurezcan. Es además labor inmensa consignar hechos realizados en un período de más de setecientos años, tomando por punto de partido los oscuros principios de Roma, y seguirla en su progreso hasta esta última época en que comienza a doblegarse bajo el peso de su misma grandeza; temo por otra parte, que los principios de Roma y los períodos a ellos inmediatos tengan poco atractivo para los lectores, impacientes por llegar a las épocas modernas en que el poderío, por harto tiempo soberano, cambia sus fuerzas contra sí mismo. Por mi parte, un provecho obtendré de este trabajo: el de abstraerme del espectáculo de los males que por tantos años ha presenciado nuestro tiempo, ocupando por entero mi atención en el estudio de la historia antigua y viéndome libre de los temores que, sin apartar de la verdad al escritor, consiguen sin embargo fatigarle. Los hechos que precedieron o acompañaron a la fundación de Roma, antes aparecen embellecidos por fantasías poéticas que apoyados en el irrecusable testimonio de la historia; no pretendo, sin embargo, afirmarlos ni rechazarlos, debiéndose perdonar a la antigüedad esa mezcla de cosas divinas y humanas que imprimen caracteres más augustos al origen de las ciudades. Y, ciertamente, si puede permitirse a pueblo alguno que dé carácter sagrado a su origen, refiriéndolo a los dioses, sin duda alguna ese pueblo es el romano; y al pretender que Marte es su padre y fundador, sopórtenlo con paciencia los demás pueblos, como soportan su poderío. Poco importa, sin embargo, que se acepte o rechace esta tradición. Lo importante, y que debe ocupar la atención de todos, es conocer la vida y costumbres de los primeros romanos, averiguar quiénes fueron los hombres y cuáles las artes, tanto en la paz como en la guerra, que fundaron nuestra grandeza y le dieron impulso, y seguir, en fin, con el pensamiento la insensible debilitación de la disciplina y aquella primera relajación de costumbres que, lanzándose muy pronto por rápida pendiente, precipitaron su caída, hasta nuestros días, en que el remedio es tan insoportable como el mal. Lo principal y más saludable en el conocimiento de la historia es poner ante la vista, en luminoso momento, enseñanzas de todo género, que parecen decirnos: ‘esto debes evitar porque es vergonzoso pensarlo, y mucho más vergonzoso el hacerlo’. Por lo demás, o mucho me engaña la afición a este trabajo, o jamás existió república más grande, más ilustre y más abundante de buenos ejemplos; ninguna otra estuvo cerrada por más tiempo al lujo y sed de riquezas, ni fue más constante en el culto a la templanza, en el de la pobreza." Tito Livio, Ab urbe condita. Historia romana. Prólogo. [Edición: Historiadores latinos: Tito Livio, Julio César, Tácito, Salustio. T. Livio: Historia romana, Madrid, EDAF, 1970, pp. 3-4.]
2. Clío en la Corte. Historiografía renacentista y barroca (siglos XV-XVIII)
Maquiavelo (1469-1527). "Ya sé que muchos han creído y creen que las cosas del mundo están hasta tal punto gobernadas por la fortuna y por Dios, que los hombres con su inteligencia no pueden modificarlas ni siquiera remediarlas; y por eso se podría creer que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas sino más bien dejarse llevar por el destino. Esta opinión se ha extendido mucho en nuestra época, dada la gran variación de cosas que se han visto y se ven cada día, más allá de cualquier humana conjetura. Yo mismo, pensando en ello, algunas veces me he inclinado en parte hacia esta opinión general. No obstante, puesto que nuestro libre albedrío no se ha extinguido, creo que es verdad que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que también es verdad que nos deja gobernar la otra mitad, o casi, a nosotros. Y la comparo a uno de estos ríos impetuosos que cuando se enfurecen inundan las llanuras, destrozan árboles y edificios, se llevan tierra de aquí para dejarla allá; todos les huyen, todos ceden a su furia sin poder oponerles resistencia alguna. Y aunque sea así, nada impide que los hombres, en tiempos de bonanza, pueden tomar precauciones, o con diques o con márgenes, de manera que en crecidas posteriores, o bien siguieran por un canal o bien su ímpetu no fuera ya ni tan desenfrenado ni tan peligroso. Lo mismo ocurre con la fortuna que demuestra su fuerza allí donde no hay una virtud preparada capaz de resistírsele; y así dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han hecho ni márgenes ni diques que puedan contenerla."
Machiavelli, Niccolò: Il Principe, cap. XXV. [Edición: Maquiavelo, Nicolás: El Príncipe, Madrid, Cátedra, 1985, (ed. y trad. de Elena Puigdoménech), pp. 170ss.]
Guicciardini (1483-1540). "He determinado escribir las cosas sucedidas en Italia en nuestros tiempos, después que las armas de los franceses, llamadas por nuestros mismos príncipes, comenzaran con gran movimiento, a perturbarla; materia por su variedad y grandeza muy memorable y llena de atrocísimos accidentes; habiendo padecido tantos años Italia todas las calamidades con que suelen ser trabajados los míseros mortales, unas veces por la ira justa de Dios, y otras por la impiedad y maldad de los hombres. Del conocimiento de estos casos tan varios y graves, podrá cada uno para sí y para el bien público tomar muy saludables documentos, donde se verá con evidencia, con innumerables ejemplos, a cuanta inestabilidad (no de otra manera que un mar concitado de vientos) están sujetas las cosas humanas, cuán perniciosos son a sí mismo y siempre a los pueblos los consejos mal medidos de aquellos que mandan cuando solamente se les representa a los ojos o errores varios o codicia presente, no acordándose de las muchas mudanzas de la fortuna, y convirtiendo en daño de otro el poder que se les ha concedido para el bien común, haciéndose, por su poca prudencia, o mucha ambición, autores de nuevas perturbaciones." Guicciardini, Francesco: Storia d’Italia, libro I, cap. I. [Edición: Guicciardini, Francisco, Historia de Italia, Madrid, Librería de la Vda. de Hernando, 1889, p.2.]
Jean Bodin (1530-1596). "Pero los Antiguos, se nos dirá, no por ello dejan de ser los inventores de todas las artes, y por este título bien han merecido su gloria. Estaremos de acuerdo, de muy buena gana, en que ellos han descubierto muchas ciencias útiles al género humano, comenzando por la cción de los cuerpos celestes; ellos han advertido así el curso regular de los astros, las trayectorias admirables de las estrellas y de los planetas; admirados de las obscuridades de la naturaleza, las han estudiado con cuidado y han encontrado la verdadera explicación de muchas cosas. Pero han dejado también sin explicar muchas otras que nosotros transmitimos hoy completamente aclaradas a nuestros descendientes. Y si se mira más de cerca, no es dudoso que nuestros descubrimientos igualan y a menudo sobrepasan los de los antiguos. ¿Existe por ejemplo alguna cosa más admirable que el imán? Sin embargo, los antiguos lo desconocieron como también su uso maravilloso, y tuvieron que acantonarse en la cuenca mediterránea, mientras que nuestros contemporáneos recorren cada año el contorno de la tierra en sus numerosas travesías y han, por decirlo así, colonizado el nuevo mundo. Así se nos ha abierto los lugares más retirados y escondidos de América, y de ello se ha seguido, no solamente que el comercio, hasta hoy mezquino y poco desarrollado, se ha convertido en próspero y lucrativo, sino que todos los hombres están unidos de nuevo entre sí y participan maravillosamente en la República universal, como si no formasen más que una misma ciudad. (…) Por ello, los que pretenden que los antiguos habían comprendido ya todo no se equivocan menos en su juicio que los que les discuten el antiguo dominio de numerosas disciplinas. Pues la naturaleza contiene en su seno tal tesoro de ciencias ocultas que ningún siglo llegará sin duda a agotarlo enteramente. Puesto que es así y que la naturaleza parece sometida a una ley de eterno retorno, en la que cada cosa es objeto de una revolución circular de manera que el vicio sucede a la virtud, la ignorancia a la ciencia, el mal a la honestidad, las tinieblas a la luz, es pues un grave error creer que el género humano no cesa de degenerar. Y como los que lo cometen son generalmente ancianos es probable que recuerden el encanto desvanecido de su juventud, fuente siempre renaciente de alegría y de voluptuosidad, mientras que ahora se ven privados de todo placer. Sucede entonces que abrumados por estos tristes pensamientos, y engañados por una representación inexacta de las cosas, se figuran que la buena fe y la amistad han desaparecido de entre los hombres: y como si regresasen de una larga navegación a través de esos tiempos afortunados, se dedican a cultivar la juventud de la edad de oro. Bodin, Jean: Methodus ad facilem historiarum cognitionem, cap. VII, ‘Refutación de la teoría de las cuatro monarquías y de los cuatro siglos de oro’. [Edición: Mesnard, Pierre, La Méthode de l’Histoire, París-Argel, Les Belles Lettres, 1941, pp. 298-299. (Traducción del fragmento por F. Sánchez Marcos).]
José de Acosta (1539-1600). "Del Nuevo Mundo e Indias Occidentales han escrito muchos autores diversos libros y relaciones, en que dan noticias de las cosas nuevas y extrañas, que en aquellas partes se han descubierto, y de los hechos y sucesos de los españoles que las han conquistado y poblado. Mas hasta agora no he visto autor que trate de declarar las causas y razón de tales novedades y extrañezas de naturaleza, ni que haga discurso e inquisición en esta parte, ni tampoco he topado libro cuyo argumento sea los hechos e historia de los mismos indios antiguos y naturales habitadores del Nuevo Orbe. A la verdad ambas cosas tienen dificultad no pequeña. La primera, por ser cosas de naturaleza que salen de la filosofía antiguamente recibida y platicada, como es ser la región que llaman Tórrida, muy húmeda, y en partes muy templadas, llover en ella cuando el sol anda más cerca, y otras cosas semejantes. Y los que han escrito de Indias Occidentales, no han hecho profesión de tanta filosofía, ni aun los más de ellos han hecho advertencia en tales cosas. La segunda, de tratar los hechos e historia propia de los indios, los más que han escrito de Indias, o por no saber su lengua o por no curar de saber sus antigüedades; así se contentaron con relatar algunas de sus cosas superficiales. Deseando pues yo, tener alguna más especial noticia de sus cosas, hice diligencias con hombres pláticos y muy versados en tales materias, y de sus pláticas y relaciones copiosas pude sacar lo que juzgué bastar para dar noticia de las costumbres y hechos de estas gentes, y en lo natural de aquellas tierras y sus propiedades (…). Así que aunque el Nuevo Mundo ya no es nuevo sino viejo, según hay mucho dicho y escrito de él, todavía me parece que en alguna manera se podrá tener esta Historia por nueva, por ser juntamente historia y en parte filosofía y por ser no sólo de las obras de naturaleza, sino también de las del libre albedrío, que son los hechos y costumbres de los hombres. Por donde me pareció darle nombre de Historia Natural y Moral de Indias, abrazando con este intento ambas cosas. En los dos primeros libros se trata lo que toca al cielo y temperamento y habitación de aquel orbe (…). En los otros dos libros siguientes se trata lo que de elementos y mixtos naturales, que son metales, plantas y animales, parece notable en Indias. De los hombres y sus hechos (quiero decir de los mismos indicios, y de sus ritos y costumbres, y gobierno y guerras y sucesos) refieren los demás libros, lo que se ha podido averiguar y parece digno de relación." Acosta, José de: Historia natural y moral de las Indias. Proemio al lector. [Edición: Acosta, José de, Historia natural y moral de las Indias, México, FCE, 1979, (ed. con prólogo y anexos de Edmundo O’Gormann), pp.13-14.] ***** "Habiendo tratado lo que toca a la región que usaban los indios, pretendo en este libro escribir de sus costumbres y pulicia y gobierno, para dos fines. El uno, deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como de gente bruta, y bestial y sin entendimiento, o tan corto que apenas merece ese nombre. Del qual engaño se sigue hacerles mucho y muy notables agravios, sirviéndose de ellos poco menos que de animales y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga. Que es tan vulgar y tan pernicioso engaño, como saben bien lo que con algún celo y consideración han andado entre ellos, y visto y sabido sus secretos y avisos, y juntamente el poco caso que de todos ellos hacen los que piensan que saben mucho, que son de ordinario los más necios y más confiados de sí. Esta tan perjudicial opinión no veo medio con que pueda mejor deshacerse, que con dar a entender el orden y modo de proceder que éstos tenían cuando vivían en su ley; en la cual, aunque tenían muchas cosas de bárbaros y sin fundamento, pero había también otras muchas dignas de admiración. (…) El otro fin que puede conseguirse con la noticia de las leyes y costumbres, y pulicia de los indios, es ayudarlos a regirlos por ellas mismas, pues en lo que no contradicen la ley de Cristo y de su Santa Iglesia, deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales, por cuya ignorancia se han cometido yerros de no poca importancia, no sabiendo los que juzgan ni los que rigen, por dónde han de juzgar y regir sus súbditos; que además de ser agravio y sinrazón que se les hace, es en gran daño, por tenernos aborrecidos como a hombre que en todo, así en lo bueno como en lo malo, les somos y hemos sido siempre contrarios." Acosta, José de: Historia natural y moral de las Indias. Libro IV, cap. 1. [Edición: Acosta, José de, Historia natural y moral de las Indias, México, FCE, 1979, (ed. con prólogo y anexos de Edmundo O’Gormann), pp.280-281.]
Montaigne (1533-1592). "Los historiadores son mi pasión. Son gratos y sabrosos y en ellos se encuentra la pintura del hombre, conocimiento que siempre busco; el diseño es más vivo y más cabal en ellos que en cualquiera otra clase de libros; en los historiadores se encuentra la verdad y variedad de las condiciones íntimas de la personalidad humana, en conjunto y detalle; la diversidad de medios de sus uniones y los incidentes que las amenazan. Así, entre los que escriben las vidas de personajes célebres, prefiero más los que se detienen en las consideraciones que la relación de los sucesos, más en lo que deriva del espíritu que en lo que acontece por fuera; por eso, Plutarco es, por encima de todos, mi autor favorito. (…)" Montaigne [Michel Eyquem], señor de: Essais, libro II, cap. X, “De los libros”. [Edición: Montaigne, Miguel de, Ensayos, Madrid, EDAF, 1971, p. 408.] ***** "Entre los historiadores prefiero los simples o los excelentes. Los primeros, al no poner nada suyo en los sucesos que enumeran, salvo la diligenciay el cuidado de incluir en su trabajo todo lo que llegó a su conocimiento, registrándolo de buena fe, sin selección ni discernimiento, dejan a nuestro juicio pendiente del conocimiento de la verdad; por ejemplo el buen Froisard, el cual (…) nos muestra la multiplicad de los rumores que corrían sobre un mismo suceso y las diversas relaciones se le hacían. (…) Los maestros en el género tienen la habilidad de escoger lo digno de saberse; aciertan a elegir de dos relaciones o testigos el más verosímil; de la condición y temperamento de los príncipes deducen máximos, atribuyéndoles palabras adecuadas, y proceden acertadamente al escribir con autoridad y acomodar nuestras ideas a las suyas, lo cual, en honor a la verdad, está en la mano de muy pocos. Los historiadores medianos, que son los más corrientes, todo lo estropean y disminuyen: quieren servirnos los trozos masticados, se permiten emitir juicios y, por consiguiente, inclinar la historia a su capricho; permítense, además [escoger] los sucesos dignos de ser conocidos y nos ocultan con sobrada frecuencia tal frase o tal acción privada que sería más interesante para nosotros, omiten como cosas inverosímiles o increíbles todo lo que no comprenden, y acaso también por no saberlo expresar en buen latín o francés. Lícito es que nos muestren su elocuencia y su estilo y que juzguen a su manera, pero también es el que nos consientan juzgar así que ellos lo hayan hecho, y mucho más el que no alteren nada ni nos dispensen de nada, por sus acortamientos y selecciones, de la materia sobre la que trabajan; deben mostrárnosla pura y entera en todas sus proporciones. Con frecuencia se escogen para desempeñar esta tarea, sorbe todo en nuestra época, a personas vulgares, por la exclusiva razón de que son atinadas en el bien hablar, como si en la historia prefiriéramos los méritos gramáticos. (…) Así, a fuerza de frases armoniosas, nos sirven un lindo tejido de rumores que seleccionan en las encrucijadas de las ciudades. Las únicas historias excelentes son las que fueron compuestas por los mismos que asumieron los negocios, o que tomaron parte en su ejecución, o siquiera por los que desempeñaron cargos análogos. Tales son casi todas las griegas y romanas, pues como fueron escritar por muchos testigos oculares (la grandeza y el saber encontrábanse comúnmente juntos en aquella época), si en ellos aparece un error, debe ser muy pequeño y en cosas muy dudosas. ¿Qué luces puede esperarse de un médico que habla de la guerra o de un escolar que diserta sobre los designios de un príncipe?" Montaigne [Michel Eyquem], señor de: Essais, libro II, cap. X, “De los libros”. [Edición: Montaigne, Miguel de, Ensayos, Madrid, EDAF, 1971, pp. 408-412.]
Diego Saavedra Fajardo (1584-1648). "La historia es una representación de las edades del mundo. Por ella la memoria vive los días de los pasados. Los errores de los que ya fueron advierten a los que son. Por lo cual es menester que busque el príncipe amigos fieles y verdaderos que le digan la verdad en lo pasado y en lo presente. Y porque éstos, como dijo el rey don Alonso de Aragón y Nápoles, son los libros de historia, que ni adulan, ni callan, ni disimulan la verdad, consúltese con ellos, notando los descuidos y culpas de los antepasados, los engaños que padecieron, las artes de los palacios, y los males internos y externos de los reinos. Y reconozca si peligra en los mismos. Gran maestro de príncipes es el tiempo. Hospitales son los siglos pasados, donde la política hace anotomía de los cadáveres de las repúblicas y monarquías que florecieron, para curar mejor las presentes. Cartas son de marear, en que con ajenas borrascas o prósperas navegaciones están reconocidas las riberas, fondeados los golfos, descubiertas las secas, advertidos los escollos, y señalados los rumbos de reinar. Pero no todos los libros son buenos consejeros, porque algunos aconsejan la malicia y el engaño. Y, como éste se practica más que la verdad, hay muchos que los consultan. Aquellos solamente son seguros que dictó la divina Sabiduría. En ellos hallará el príncipe para todos los casos una perfecta política, y documentos ciertos con que gobernarse y gobernar a otros. Por esto los que se sentaban en el solio del reino de Israel habían de tener consigo al Deuteronomio, y leerle cada día. Oímos a Dios y aprendemos de Dios cuando leemos aquellos divinos oráculos. El emperador Alejandro Severo tenía cerca de sí hombres versados en la historia que le dijesen cómo se habían gobernado los emperadores pasados en algunos casos dudosos. Con este estudio de la historia podrá V. A. entrar más seguro en el golfo del gobierno, teniendo por piloto a la experiencia de lo pasado para la dirección de lo presente, y disponiéndolo de tal suerte, que fije V. A. los ojos en lo futuro, y lo antevea, para evitar los peligros, o para que sean menores, prevenidos. Por estos aspectos de los tiempos ha de hacer juicio y pronosticar la prudencia de V. A., no por aquellos de los planetas, que, siendo pocos y de movimiento regulado, no pueden (cuando tuvieran virtud) señalar la inmensa variedad de accidentes que producen los casos y dispone el libre albedrío. Ni la especulación y experiencia son bastantes a constituir una ciencia segura y cierta de causas tan remotas. (…)Y conocidos bien estos dos tiempos, pasado y presente, conocerá también V. A. el futuro; porque ninguna cosa nueva debajo del sol. Lo que es, fue. Y lo que fue, será. Múdanse las personas, no las escenas. Siempre son unas las costumbres y los estilos." Saavedra Fajardo, Diego, Idea de un príncipe político-cristiano representado en cien empresas, “Emblema XXVIII”, Múnich, 1640. |
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